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Agustín, feliz de trabajar por el bienestar animal

Publicado el 03 Septiembre 2019
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“Yo trabajo en una ciudad de animales donde nacen, crecen, mueren y los llegamos a querer. Hemos visto lágrimas de compañeros cuando el ciclo de vida de alguno de los ejemplares termina, a mí sí me han hecho llorar”, confiesa Agustín Altamirano Cortés, encargado del albergue de impalas en el Zoológico de Chapultepec.

Se dice fácil pero los 50 años de servicio al cuidado de animales, de los cuales 20 los ha vivido en el Zoológico de Chapultepec, hoy le dan a Agustín Altamirano la calidad moral para certificar que un cuidador de animales debe saber dónde está parado, trabajar en equipo y, lo más importante, “cuidar a los ejemplares como Dios manda” y por qué no, quererlos con el alma.

“Todo el que entre aquí debe saber dónde está parado. Todos mis compañeros del zoológico hemos tenido pláticas como trabajadores y eso es lo que nos comunicamos unos con otros. Aquí es un equipo muy grande, si en este momento veo que un animalito está mal, inmediatamente lo reporto y verá el movimiento que hay de médicos. Vienen de todos lados para ver al animalito y atenderlo según la orden: se va a curar, se va a observación o al hospital”, asegura.

Sin miedo al qué dirán, Agustín admite que ama su trabajo porque si de algo está seguro es que “si no cuidamos a los ejemplares como Dios manda, no creo que se reproduzcan y la gente no podría ni conocerlos. Lo que tratamos es de darles amistad. Yo les doy amistad, más que nada. No les doy confianza porque algunos son animales que puede tener una reacción por su naturaleza pero los cuido y les hablo”, expresa.

Para el cuidador de impalas, quien años atrás estuvo a cargo de las cebras, cada nacimiento registrado en el Zoológico de Chapultepec representa un logro: “un premio a mi trabajo. Me encanta, este trabajo me ha dado todo. Me ha dado la fortuna de dar tres carreras a mis hijos. Tengo tres muchachos recibidos: un biotecnólogo del Instituto Politécnico Nacional, una ingeniera ambiental también del Poli y uno que va a salir, primeramente Dios, egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana. ¿Qué más puedo pedir?, el trabajo que me encanta y que me ha dado para sacar a mi familia adelante, por eso lo cuido y lo quiero.”

Recuerda que los 50 años que tiene conviviendo con ejemplares han sido satisfactorios: “Pensé que cumplía mi ciclo y me jubilaba, eso fue hace 20 años, pero me dijeron, quédese con nosotros, ¿no le gustaría seguir? Y dije: Pues sí, señor, me quedo. Este junio que pasó cumplí 50 años de servicio. Se dice fácil, ¿verdad?”.

Todos los días Agustín Altamirano llega al Zoológico de Chapultepec a las 6:30 horas, aunque su horario de entrada es a las 07:00 horas, para hacer la limpieza del albergue de los impalas: de su bebedero, el piso, el comedero e incluso un chequeo general visual de todo el lugar. Después les proporciona su alimento: comen alfalfa, avena, pasto pangola y lo que llaman grano, que es un conjunto de croqueta para ellos.

“De ahí proseguimos a seguir trabajando. El trato es cordial con los animales, yo entro caminando y al 100% tengo mucha confianza. No son agresivos, son muy nerviosos y procuro no hacer nada de ruido porque por sus nervios corren, corren y se pueden lastimar y es ahí cuando nosotros tenemos que ser muy cuidadosos”, señala el cuidador.

Hoy mientras ve correr a Naim e Izem, las dos crías de impala que nacieron en mayo y junio de este año, Agustín Altamirano aprovecha para agradecerle a la vida el crecimiento laboral y espiritual que ha ganado al ser orgullosamente cuidador de animales: “Se siente una cosa muy bonita porque esto no se ve en ningún lado. Siento que es un trabajo de los más bonitos que hay. Dígame usted, aquí en la ciudad, ¿a dónde ve esto? Es el único lugar y tengo la suerte de ser yo, de estar aquí”.

A los visitantes que acuden no sólo al Zoológico de Chapultepec, sino también al de San Juan de Aragón y Los Coyotes les pide respeto hacia los ejemplares, que valoren y traten con dignidad a cada uno de ellos: “Que los cuiden al no echar objetos en sus refugios, que respeten los límites permitidos y no suban a los menores de edad en los barandales y, lo más importante, que no sean groseros con los animales. Nosotros, como cuidadores, tratamos de darles mejor trato y mejor vida, ya que gracias a ellos, tenemos trabajo y gracias a ellos los niños pueden conocer a especies que están en peligro de extinción”.